| Relatos de Montaña |
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| Lunes, 23 de Febrero de 2009 17:40 |
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Aún no había cesado por completo la última tormenta de aquel largo invierno cuando él fijó su objetivo. Las nubes cubrían una gran parte del cielo y a ratos una fina llovizna le mojaba la cara. Sin embargo sus ojos no dejaban de mirar aquel coloso azul que se mostraba imponente y le electrizaba con ese poder que solo hechiza a aquellos que aman la montaña más que a su propia vida. En un momento se olvidó de cuantos años habían transcurrido desde la última vez que se enfrentó a una montaña dos... cinco... doce... que importaba ahora. Recordaba claramente que en su momento cada una había sido un reto diferente y le había exigido mostrar sus mayores habilidades. Algunas habían sido benignas y accesibles permitiéndole alcanzar la cúspide sin grandes dificultades, sin embargo, más de una vez alguna tormenta cordillerana le había alcanzado poniendo en peligro su propia integridad. Otras habían sido hostiles y exigentes. Dura roca y afiladas salientes habían endurecido sus manos. Había aprendido a caminar paso a paso junto a profundos acantilados, había entrenado su mirada para esquivar sabiamente las avalanchas mucho antes de que estas se produjeran y había aprendido a esperar pacientemente cada vez que amenazaba una tormenta. Sin embargo sus ojos cristalinos contemplaban extasiados aquella montaña azul que se levantaba frente a él. “Tal vez esta sea la última...”, pensó, mientras seguía cada una de sus formas con la mirada del torero frente al animal. Y mientras deslizaba con la sutileza de un pintor sus ojos por sobre cada ladera, fue trazando su plan: Una suave pendiente le permitiría acercarse hasta un poco más allá de la mitad del recorrido. Luego tendría que escalar una gran muralla de roca esculpida durante milenios por la fuerza violenta de los elementos. Y sobre ella, flanqueada por todos sus costados, una pendiente pequeña que le llevaría hasta la cumbre, que, aunque estaba cubierta permanentemente por una nube como si una tormenta azotara las alturas, se adivinaba suave e imponente por su belleza. Una vez más tomó su equipo, olvidado por tantos años, ajustó la pesada mochila a su espalda y comenzó a caminar. Decidido y con paso resuelto enfrentó la ladera sin quitar la vista de su objetivo final, aquella cumbre rodeada de nubes. Le tomó varios días superar este tramo, sin embargo, a cada paso parecía que la cumbre le llamaba con más fuerza y él caminaba como hechizado en su demanda, por lo que no sintió ni una gota de cansancio. De pronto, casi sin darse cuenta, estaba a los pies de a una gigantesca muralla de dura roca por donde descendían desde las alturas las más cristalinas aguas como si nieves eternas coronaran su cumbre. Respiró profundo, pronunció en silencio una plegaria y comenzó a escalar... una mano después de la otra, un pie después del otro... hábilmente fue aprovechando cada saliente y cada grieta para avanzar. De vez en cuando, la roca se presentaba ante sus ojos como una lisa muralla donde no había ningún punto de apoyo. En esos momentos tomaba desde su mochila las herramientas necesarias para poner en la roca resistentes clavos que debía enterrar con gran esfuerzo, golpe a golpe. Más tarde, superado el escollo pensaba en silencio “Tal vez mi vida se pierda antes de llegar a la meta... y quizá algún dia esos ganchos sirvan a otro para llegar más allá de donde alcancen mis pasos... cada clavo que he puesto hace menos indómita esta montaña...”. Pasó días enteros buscando en la superficie vertical la ruta para llegar a la cumbre. Varias veces sus pasos debieron desandar lo avanzado para enfrentar de mejor maneja la roca, sin embargo, poco a poco la distancia se iba acortando. Ante sus ojos, solo unos metros le separaban del final de aquel interminable muro. Juntó las fuerzas que le quedaban y siguió avanzando sin poner atención a sus ya cansadas manos ni al sueño de muchas noches colgando en la roca con sus ojos y oídos atento a las avalanchas que a veces la montaña lanza sobre aquel que busca conquistarle. “Solo un poco más...” se decía mientras estiraba su brazo congelado para clavar en la roca un nuevo gancho “...solo un poco más...”. De pronto, ante sus ojos apareció una superficie mucho más plana. Aunque se extendía ante él una larga ladera, la gran muralla de roca había terminado. Ahora, solo la nieve parecía ser obstáculo para alcanzar la cumbre. Recordó como tantas veces había caminado sobre la nieve, cuando los ojos comienzan a ver todo blanco y la mente empieza a volverse del mismo color. Vinieron desde el pasado los sonidos de ese polvo blanco rechinando bajo sus pies mientras se hundía casi hasta la rodilla en una superficie que tal vez nadie había explorado jamás. Sin embargo también noto algo que lo llenó de temor. A solo unos cientos de metros la cumbre se perdía en una nube borrascosa y se percibía claramente la fuerza del viento blanco azotando las rocas y revolviendo todo a su paso. Estaba allí, tan cerca, pero inaccesible. Todo montañista sabe que en medio de ese viento se pierde la orientación, el cuerpo se congela y los pasos lo traicionan llevándolo a veces al borde de precipicios mortales, y por ello decidió esperar. “Si he llegado hasta aquí, nada me impedirá alcanzar la cumbre...” se repetía mientas esperaba. Sin embargo, lentamente, los días iban pasando y la situación no mejoraba. En su mente, cansada y obsesionada, aquella montaña amiga y compañera, como la imaginaba desde la distancia, comenzaba a volverse hostil y lejana. “Si me dejaste llegar hasta aquí, ¿por que me impides llegar a la meta...? se preguntaba en una febril y solitaria conversación con una cumbre que se perdía tras las nubes cada vez más lejana a sus ojos En su corazón, el hielo comenzaba a dejar sus huellas. Cada dia de espera parecía ser mas frío y la tormenta no cesaba haciendo que la cumbre se viera más inaccesible conforme transcurría el tiempo. Una mañana, después de despertar su entumecido cuerpo, pero con la mente aun adormecida, pensó en dar el paso final. “...o alcanzo la cumbre o dejo mi vida sobre esta montaña...” se dijo mientras ponía su vista y sus pasos en dirección al lugar donde la borrasca parecía tener cautiva a la cima en medio de una nube eterna. Mientras se alejaba de la precaria seguridad de su carpa en línea recta a la cima o a la muerte, sintió en su corazón una fuerza extraña, casi irresistible... una voz le decía desde su interior “mira hacia atrás...”. Por un momento pensó “me estoy volviendo loco... si he llegado hasta donde estoy es porque siempre he caminado mirando al frente y nunca he vuelto la vista atrás...“ pero la voz seguía hablándole como si se tratara de un ángel guardián susurrándole al oído mientras él seguía caminando con pasos cada vez más torpes, cayendo una y otra vez. “Mira hacia atrás...” En un momento sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sentía caer el peso de la derrota sobre su voluntad.... “he fracasado...” decía, agachando la mirada... “he fracasado...”. Luego de un momento de silencio en que deseó entregar allí su vida a la montaña, abrió los ojos y miró hacia atrás.... Allí, frente a su vista se extendía un mundo fabuloso. Miles de metros más abajo los nacientes ríos llevaban el agua hasta valles interminables como si se tratara de hilos de plata extendidos sobre el suelo. A su alrededor las cimas de otras muchas montañas aparecían como pequeños montículos opacados por la magnificencia del lugar donde él se encontraba. Parecía que podía ver todo el planeta a sus pies. A la distancia los bosques; en el horizonte y tal vez a cientos de kilómetros se adivinaba la redondez de la tierra en la superficie del quieto mar azul. En un momento desaparecieron como borrados de una plumada todos sus pensamientos dolorosos y la sensación de derrota de su corazón. “¿Qué es el fracaso...?”, pensó, “¿...no alcanzar la cumbre borrascosa y tal vez inaccesible del monte más alto...? ¿o no ser capaz de descubrir que hay un mundo maravilloso más abajo?” Volvió a su carpa, tomo la cuerda y clavando un último gancho en la cima de la muralla vertical por donde había escalado comenzó su descenso en rapel. En solo unos pocos segundos iba desandando hacia abajo los metros que le habían tomado horas y hasta días hacia arriba. Mientras miraba los clavos que él mismo había puesto sobre el muro en su ascenso pensaba “tal vez algún día, en un verano excepcionalmente hermoso la cima salga de su encierro de nubes oscuras y pueda contemplar el mundo que junto a ella vieron mis ojos... Cuando eso ocurra, tal vez vuelva aquí otra vez a tratar de conquistarla. Mientras tanto, ocuparé mi vida en alcanzar otras montañas, tal vez más pequeñas y menos impresionantes pero que le darán sentido a todo lo que he aprendido”. Cuando al fin llegó a los pies de aquella muralla se quitó el arnés y comenzó a caminar hacia el valle casi como si viniera huyendo de alguien o de algo. De pronto, sintió otra vez ese calor en su corazón... “mira hacia atrás...” esta vez, sin pensarlo dos veces, volvió la mirada... Allí, a la distancia, vio la montaña. Ante sus ojos nada había cambiado: su color azul, su impresionante muralla vertical y su cima rodeada de nubes. Pero en su interior sintió que a pesar de todo, algo, quizá una minúscula porción de esa montaña ya le pertenecía. |

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